Dejando ir...

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En el cuento corto “Rostros Familiares” de Ignacio Solares se lee lo siguiente:

Empezó con una punzada en el pecho. Luego recuerdo la voz sincopada de mi mujer, el llanto de los niños, la llegada del médico. La luz de la lamparita del buró temblequeaba sobre los rostros, nimbándolos de irrealidad. Atrás del grupo descubrí a mi tío Antonio, un tío muy querido al que hacía años no veía. Se acercó a mí y me puso su mano suave en la frente.

-Tranquilo. Ya va a pasar- me dijo.

Entonces recordé su situación.

-Pero tío-le dije-, tú estás muerto.

- Sí –me respondió-. Y tú también.

Los seres humanos nos vemos afectados por las pérdidas. Es un generador de estrés el simple hecho de perder las llaves, no se diga el distanciarse de una persona a la que se ama, o la pérdida irreparable de algún ser querido. Constantemente escucho la pregunta: ¿Qué debo hacer para olvidarlo (a)? y la respuesta es sencilla: No se debe hacer nada para olvidar, sino trabajar para aceptar. Recuperar de la persona que se ha ido las experiencias gratas, y aquellas no tanto, que finalmente repercutieron en aprendizaje.

Todo lo que vivimos nos deja crecimiento, sean experiencias felices o amargas. Nos va formando como individuos, pule nuestro carácter, y puede fortalecernos si así lo permitimos. El dolor ante la muerte de un ser amado es mas fuerte por nuestro egocentrismo. Muchas veces no lloramos por el que se va, sino por nosotros que tenemos que seguir viviendo sin su presencia.

Prepararnos para la pérdida es necesario en cada uno de nosotros. Saber que tarde o temprano el momento de la separación es inevitable y que, a pesar de ello, debemos seguir con nuestro camino.

La Gestalt expresa la siguiente premisa:

“No estoy en este mundo para cumplir tus expectativas, y tu no estas en este mundo para cumplir las mías. Yo soy yo y Tú eres tu. Si por casualidad nos encontramos, que bien. Si no, nada puede remediarse.”



Arbol de Vida, Consejería orientada al desarrollo humano

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